La razón del olvido.

¿Cómo dices? ¿Un pájaro? ¿sobre aquella roca? ¿De qué roca me hablas? ¡Ah! ¡Ya sé! Sí, aquel pajarito, ya lo recuerdo.

Estaba como apoyado, haciendo equilibrios a una pata, estirando o jugando a ser una grulla, qué sé yo. Allí estaba él, tan distante, y alrededor toda ese agua que nunca para de moverse, que apenas nota la roca y que está tan fría y nos da reparo beber porque no está embotellada y no sabe a nada si no que se atreve a saber. Sigue leyendo

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Una estudiada caída libre.

La realidad es y siempre ha sido más sencilla, como las hojas de los árboles que primero eran tronco y luego rama, que apenas fueron brote por unos días y que luego cambian de color sin darse cuenta, cada vez más secas y gastadas, como sin sangre, como sin vida. Y como ellas, caemos con cierta gracia en un vaivén discreto de gravedad y de viento, embebidos de un frío que no entendemos y que nos agrieta por dentro y por fuera. Sigue leyendo

Lo he vuelto a ver.

Esta mañana me ha vuelto a suceder. A pesar de toda la medicación y todos mis esfuerzos, lo he vuelto a ver. Y si lo apunto en el diario es porque ese arrogante loquero me dijo que lo hiciera. Si lo apunta, decía el engreído matasanos, se dará cuenta de que es un temor del todo infundado, que no es más que un producto histérico de su problema. Recuerde: sea concienzudo con la descripción, eso le ayudará. ¿Qué me ayudará? ¡Y un cuerno! Después de tres horas de sudores fríos y tranquilizantes parece que por fin puedo ponerme a escribir el capricho del doctor. No es para tanto, dirá cuando lo lea. Eso es porque él no lo ha visto, no como yo. No sabe nada. Nadie sabe nada y sin embargo yo soy el loco. Sigue leyendo

La casa del lago.

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Adoro la casa del lago. Todo en ella es como debiera; incluso el frío que entra por entre las tablas del suelo y los nidos que cuelgan en el tejado los pájaros cada vez que nos marchamos por un tiempo. Me encanta la mesa de piedra y la hamaca entre los sauces, y el sonido del agua y sus formas a lo largo de las tardes de septiembre. Sigue leyendo

El círculo no existe.

cc3adrculo-incompleto.jpgQuerido amigo:

Seguí las instrucciones de tu última carta y aquí estoy. Veo el mar desde lo alto, hace frío y el viento sopla sin tregua, me desordena el pelo; mis manos, entumecidas, se esfuerzan por sujetar los papeles sobre mis piernas cruzadas, el mar rompe cada vez con más fuerza sobre la base de la montaña; las hayas y la hierba se mueven, agitados por unas fuerzas que no comprenden. De la misma clase de aquellas que tú solías decir que controlabas: “El mundo está a mis pies, soy su Señor”. Sigue leyendo