Desde el porche.

Ella era algo más joven que yo. Estaba sentada en esa mecedora del porche que cruje a cada movimiento y se entretenía con algo que no alcancé a distinguir, tal vez leía la prensa o algún libro cualquiera. Se la veía guapa, aunque no se hubiera arreglado. Yo por mi parte estaba exhausto y mi aspecto era el de un hombre cansado. Debía llevar lo menos una hora caminando bajo el sol de la mañana, eso como mínimo. Y así todo el mes, y así todo el verano. Sigue leyendo

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Anotaciones.

«Llovía polen y aún era febrero.» Eso he leído en una de esas libretas que José llevaba siempre encima. Daba igual dónde estuviésemos, a cada rato, si se aburría o si algo le llamaba la atención –lo cual pasaba muy a menudo en esos años–, en una conferencia, mientras leía, en clase o en la biblioteca, incluso en el cine conmigo, con su boli negro hecho un ovillo disimulando si le veía, ¡de lo que se acuerda una! Sigue leyendo

No, el abuelo era escritor.

Se estaba bien allí, con el libro entre las manos y el calor de aquella manta de borrego sobre las piernas. El abuelo contaba una de sus historias mientras yo notaba ese sueño que me entra justo después de comer, que al principio da rabia pero que después atrapa a uno sin remedio. Papá y mamá dormían, ¿no estaría también yo dormido? Tal vez el abuelo no hubiese venido después de todo y la historia formase parte de ese libro de relatos. Sigue leyendo

Perspectiva

Esta mañana me crucé con Marcos, ya sabes, el técnico, el de las gafas redondas. Y ahora de pronto, me entero de que no volveré a verle. Se le veía bien, algo cansado, lo normal supongo. Por lo visto su mujer le dejó hace un tiempo, yo no sabía nada. Y él, cada mañana, a sus asuntos. Sigue leyendo

La razón del olvido.

¿Cómo dices? ¿Un pájaro? ¿sobre aquella roca? ¿De qué roca me hablas? ¡Ah! ¡Ya sé! Sí, aquel pajarito, ya lo recuerdo.

Estaba como apoyado, haciendo equilibrios a una pata, estirando o jugando a ser una grulla, qué sé yo. Allí estaba él, tan distante, y alrededor toda ese agua que nunca para de moverse, que apenas nota la roca y que está tan fría y nos da reparo beber porque no está embotellada y no sabe a nada si no que se atreve a saber. Sigue leyendo

Lo he vuelto a ver.

Esta mañana me ha vuelto a suceder. A pesar de toda la medicación y todos mis esfuerzos, lo he vuelto a ver. Y si lo apunto en el diario es porque ese arrogante loquero me dijo que lo hiciera. Si lo apunta, decía el engreído matasanos, se dará cuenta de que es un temor del todo infundado, que no es más que un producto histérico de su problema. Recuerde: sea concienzudo con la descripción, eso le ayudará. ¿Qué me ayudará? ¡Y un cuerno! Después de tres horas de sudores fríos y tranquilizantes parece que por fin puedo ponerme a escribir el capricho del doctor. No es para tanto, dirá cuando lo lea. Eso es porque él no lo ha visto, no como yo. No sabe nada. Nadie sabe nada y sin embargo yo soy el loco. Sigue leyendo