Distracciones.

Cierro los ojos y estoy otra vez allí, en la parada. Noto de nuevo esa angustia extraña que me acartona la pierna mala y siento el sudor caer por mi frente, el corazón que no se calma y el juicio nublado. También la vergüenza y las ganas de llorar. 

Y sin embargo los abro y estoy en el café, sentado frente a ti, tomando un helado en mitad de la tarde. Está delicioso. Y tú me hablas de ese amigo tuyo francés que tal vez viene el mes próximo y yo pestañeo otra vez y tengo quince años y estoy llorando porque me he caído de la bici, pero entonces te tocas la oreja y tu pendiente me recuerda a la tía Espe y me pregunto si habrá vuelto ya de su viaje. Doy otro mordisco al helado y me río del chiste que me cuentas. Estoy distraído.

Ha sido una mañana fantástica. Es abril y hemos visitado el museo. ¿O ya es junio y acabamos de comprar el tocadiscos? No, no llevas esa camisa de flores. Pero tampoco me suena que hayamos hablado de cuadros. Y Etienne ya se volvió hace una semana. Tal vez ya estemos en septiembre después de todo. He debido de imaginarme el helado.

Pero qué digo, si tengo veinte años y aún no te conozco, estoy paseando por el bulevar con el bueno de Luis, que está triste porque le han dado calabazas. Pobrecillo, ¡y qué frío! No puedo creer que nevara tanto anoche.

Empiezo a pensar que en realidad no lo hizo.

Qué calambre. Qué buen chiste. Qué bonitos cuadros. Y Etienne, qué agradable. Qué calor. Qué frío. Qué rico el helado.

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