Incoherencia.

Echo de menos la sensación de ser un extranjero en Argel, de disparar a un tipo en la playa, un día de calor y cefalea, y llegar a sentir pena por no sentirla en absoluto. La desesperación de la apatía, sí, a eso me refiero. Uno se pasa la vida mirando por el balcón como otros viven sus vidas y van al cine, entre calada y calada, con la camisa de lino sudorosa y la brisa regalando sus escalofríos, y de pronto mamá ha muerto y da lo mismo porque ¿qué es en el fondo estar vivo?

Y es que, para escapar de esa cadena causal absurda y ajena a nuestra disertación que es la vida, yo siempre recurrí a los libros. No importaba el contenido, bastaba con una prosa convincente y atractiva para dejar atrás ese pánico que todos sufrimos de vez en cuando y del que rara vez hablamos. Ese que surge en los límites del hombre, donde las palabras revelan sus trucos y rompen la ilusión. El mismo al que Meursault respondió con la indiferencia y la desidia, alcanzando una coherencia que, a mí, por suerte, me ha sido vetada.

Y quizá es por esa incoherencia que echo de menos apretar el gatillo y nadar en el mar. O hablar con Camus acerca de su libro, ahí, en el balcón, entre calada y calada.

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