Anotaciones.

«Llovía polen y aún era febrero.» Eso he leído en una de esas libretas que José llevaba siempre encima. Daba igual dónde estuviésemos, a cada rato, si se aburría o si algo le llamaba la atención –lo cual pasaba muy a menudo en esos años–, en una conferencia, mientras leía, en clase o en la biblioteca, incluso en el cine conmigo, con su boli negro hecho un ovillo disimulando si le veía, ¡de lo que se acuerda una! La he encontrado en el desván, no sé a santo de qué he subido aquí, tal vez por el asunto de los vecinos, sí, será eso. Mira que molestarse por el árbol, no es culpa mía que la rama se haya caído sobre su mesa del jardín, ¡maldita sea, ha habido un huracán!

Incluso desde esta ventana tan sucia puede verse el desastre en la casa de los Mediano, no me gustaría ponerme en su piel, la verdad, aunque bueno, el seguro paga esas cosas. Realmente hemos salido bastante bien parados, habrá que arreglar el techo del garaje y cambiar algunas losas, eso sí, bueno y también está la hamaca, pero poco más. Y todo, cómo no, en sábado. No es que no me guste mi trabajo, pero sienta tan bien tener un motivo para romper con la rutina, y este era tan bueno… Pero nada, otra vez será.

Llovía polen y aún era febrero. Lo vi caer desde la ventana, mientras no me cansaba de juguetear con el estor. Creo que tenía ganas de que me diese el sol antes de que se hiciera completamente de noche, pero al poco me daba calor y tenía que cambiarlo de nuevo. Era una excusa tan buena como cualquier otra para no estudiar, supongo. Aún así, mi contradictorio proceder me permitió ver el polen y eso me recordó sus estornudos, y no puedo negar que era bonito de ver: el sol de fondo ocultándose detrás de aquellos chopos tan vacíos, el viento moviendo las escasas hojas que habían sobrevivido al otoño y la primavera precoz en pleno invierno. Mucho más inspirador que el libro de Penal, desde luego. Qué ganas de que llegase el fin de semana, cogeríamos el coche e iríamos a la casa de la sierra, mantita y peli, tal vez una de las de la lista, y luego leer, cocinar, una excursión a Cebollera, con suerte veríamos otro zorrillo, ¿quién sabe? De hecho…

Recuerdo aquel fin de semana. Si no me equivoco fue cuando nos quedamos atrapados por la nieve, ¡hace ya tanto! Y él como un bobo racionando las latas de conserva mientras esperábamos al quitanieves, «Nunca se sabe. Igual me da un antojo, ¡podría ser nuestro final!» Ese tipo de bromas siempre me han hecho poner los ojos en blanco. Pero nada, las sigue haciendo. Mismamente esta mañana, al ver el jaleo:

–Menuda forma de estornudar, cariño, ¿otra vez con la alergia?

Es un idiota. Pero más vale que baje ya, creo que está sonando el teléfono y, a fin de cuentas, me apetece contar lo del huracán. Y tengo que terminar ese informe.

Y tú, cotilla, más vale que dejes de leer mi libreta. O al menos déjala donde estaba sin que me dé cuenta, ¿serás capaz?

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