El círculo no existe.

cc3adrculo-incompleto.jpgQuerido amigo:

Seguí las instrucciones de tu última carta y aquí estoy. Veo el mar desde lo alto, hace frío y el viento sopla sin tregua, me desordena el pelo; mis manos, entumecidas, se esfuerzan por sujetar los papeles sobre mis piernas cruzadas, el mar rompe cada vez con más fuerza sobre la base de la montaña; las hayas y la hierba se mueven, agitados por unas fuerzas que no comprenden. De la misma clase de aquellas que tú solías decir que controlabas: “El mundo está a mis pies, soy su Señor”.

Creo que asumir que jamás volveré a oír esa clase de afirmaciones es lo que más dolor me produce. Jamás las entendí del todo, pero como tú también decías, burlándote: “Si lo pretendes entender todo no te va a dar tiempo a vivir.”

¿Será cierto? La vida como problema irresoluble, la muerte como final esperado, pero no como solución. No, tú no me dejarías pensar así. Apenas me dejabas pensar. “¿Para qué?”, decías, “Acostúmbrate al silencio, chico. Haz como yo.” Nunca se me ha dado bien estar en silencio, contemplar el cuadro desde dentro, sin narrador omnisciente ni sensación de fugacidad. Ni siquiera ahora, que cumplo tus últimas voluntades, estoy en silencio. Te echo de menos, amigo. Echo de menos tu energía y esa paz con que plasmabas las contradicciones de tu pensamiento mágico. Quedan pocos que, como tú, puedan sumar dos y dos y afirmar que el resultado es un bello baile o una pera colgando de un roble; ya nadie demuestra lo imposible, si acaso me hubieses enseñado cómo hacerlo…¿Cómo ser y no ser a la vez? 

“Tu problema es el mismo de siempre. Es más viejo que el hombre mismo. Tu problema es que quieres cerrar el círculo. Olvida el círculo. El círculo no existe. Y ahora, cállate de una vez, ¿oyes el pájaro? ¡Apuesto a que está de acuerdo conmigo!”

Qué rápido te has marchado, “Justo a tiempo” estoy seguro que responderías. En más de una ocasión me repetiste que te quedaban por vivir quince epímblotes, y seguro que acertaste, pues como todos los que te conocimos sabemos “Un epímblote es la quinceava parte del tiempo que me queda de vida. De eso no hay duda.” Se me hace raro que no estés, y sin embargo no se me hace raro escribirte. Tengo la seguridad de que recibirás mi mensaje. De alguna forma esta vieja botella se perderá entre la espuma de las olas y acabará por llegar a tu isla, donde contento y hecho un desastre, como siempre, con una sonrisa sincera descorcharás su tapa y te beberás las palabras hasta quedarte sin aliento.

Gracias, amigo. Ahora puedo decirlo sin sentirme estúpido, por fin he dejado de querer entenderlo. Extiendo mis manos al viento, inclino la cabeza hacia las nubes y siento las gotas que han empezado a caer. Sonrío. Es justo como decías: “El mundo está a mis pies, soy su Señor.”

 

 

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