Desde el porche.

Ella era algo más joven que yo. Estaba sentada en esa mecedora del porche que cruje a cada movimiento y se entretenía con algo que no alcancé a distinguir, tal vez leía la prensa o algún libro cualquiera. Se la veía guapa, aunque no se hubiera arreglado. Yo por mi parte estaba exhausto y mi aspecto era el de un hombre cansado. Debía llevar lo menos una hora caminando bajo el sol de la mañana, eso como mínimo. Y así todo el mes, y así todo el verano. Sigue leyendo

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Anotaciones.

«Llovía polen y aún era febrero.» Eso he leído en una de esas libretas que José llevaba siempre encima. Daba igual dónde estuviésemos, a cada rato, si se aburría o si algo le llamaba la atención –lo cual pasaba muy a menudo en esos años–, en una conferencia, mientras leía, en clase o en la biblioteca, incluso en el cine conmigo, con su boli negro hecho un ovillo disimulando si le veía, ¡de lo que se acuerda una! Sigue leyendo

No, el abuelo era escritor.

Se estaba bien allí, con el libro entre las manos y el calor de aquella manta de borrego sobre las piernas. El abuelo contaba una de sus historias mientras yo notaba ese sueño que me entra justo después de comer, que al principio da rabia pero que después atrapa a uno sin remedio. Papá y mamá dormían, ¿no estaría también yo dormido? Tal vez el abuelo no hubiese venido después de todo y la historia formase parte de ese libro de relatos. Sigue leyendo

Perspectiva

Esta mañana me crucé con Marcos, ya sabes, el técnico, el de las gafas redondas. Y ahora de pronto, me entero de que no volveré a verle. Se le veía bien, algo cansado, lo normal supongo. Por lo visto su mujer le dejó hace un tiempo, yo no sabía nada. Y él, cada mañana, a sus asuntos. Sigue leyendo